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miércoles, 27 de abril de 2016

Ayacucho

El caballo no voltea a mirarme. Me he quedado parado observándolo por varios minutos –así como a veces uno se queda pegado con las cosas–, pero no ha volteado. Ni siquiera los ojos. Pocos metros más abajo se acaba el sendero. Se corta de pronto. Llevo recorriéndolo más de treinta minutos, desde el punto más alto de la montaña, y ahora simplemente termina, desaparece en un campo de piedras y arbustos de espinas. Los primeros peldaños habían sido una invitación a bajar: rectos, simétricos, descendían en zigzag por la falda del cerro y terminaban en pequeños rellanos desde los que se podía ver la ciudad a lo lejos. Para bajar una escalera, el ritmo es un elemento clave. Es mucho más fácil cuando los escalones son del mismo tamaño. Pero conforme habían pasado los minutos, comenzaron a aparecer los primeros desniveles, se acabaron los descansillos y me surgió esa sensación de que el camino no conducía a ninguna parte. Era verdad. Termina sin más aviso que un caballo solitario amarrado a un par de maderas. Desde aquí puedo ver el final. Pero cuando vuelvo la vista, ya no reconozco el principio. El sol seco de media tarde me da directo en los ojos. Es señal de que no debo volver. El caballo mueve la cola con desgano y escupe su pereza. Todavía no le interesa mirarme. Las espinas se quedarán en el jean, pienso. Y me acerco al último peldaño.

Un día se me dio por largarme. Renuncié a mi trabajo, puse mis cosas en una mochila y enrumbé hacia el sur. Fueron tres o cuatro meses por tierra hasta Buenos Aires. No lo sé. En ese tipo de empresas, el calendario se vuelve una entelequia. Te mueves cuando te entran ganas de hacerlo. No importa si el resto de la gente está yendo a misa o al trabajo. Para ti da igual: funcionas en tu propio registro. Sabes que de todos modos estás buscando algo que no vas a encontrar. El primer bus que tomé me dejó en Ayacucho. El segundo, en Huanta, una ciudad de apenas 30,000 habitantes al noreste de Huamanga. Apenas pisé Huanta, me intentaron estafar. Un tipo de lentes oscuros y sonrisa fácil me interceptó y me ofreció llevarme a hacer rafting. Miré a ambos lados y dije que sí –así como a veces uno dice que sí porque no sabe qué decir–. A la mitad del camino, me di cuenta que estaba pagando lo mismo que lo que pagaban las otras cuatro personas del grupo –huantinos ellos–, pero en conjunto. Bajé y logré recuperar mi dinero, pero me sentí estúpidamente capitalino. Ridículamente inocente. Decepcionado, tomé un mototaxi y le pedí que me llevara a algún lado. Me llevó al Mirador, donde un Cristo blanco cobija a la ciudad desde lo alto de una montaña. No sé cuánto tiempo me quedé allí arriba. Sé que el mototaxi se fue. Sé que todos se fueron. Todos excepto un tipo sudoso y regordete, con la camisa abotonada sólo hasta el pliegue de la barriga, que había subido con dos mujeres en un station wagon gris. Y aunque ya sabía lo que el gordito diría, lo intenté. Esperé a que terminara de orinar en unos matorrales y le extendí una mano. Maestro, ¿qué tal? Ya no están subiendo mototaxis. ¿Usted cree que me podría dar una jaladita abajo del cerro? Intenté poner mi sonrisa más complaciente. Él me miró de arriba abajo y luego desvió la mirada como quien sabe que va a decir una mentira evidente y no quiere que se la recriminen. Ya no tengo espacio en el carro. Una mentira evidente. Llamó a sus dos mujeres, las subió a su carro vacío y arrancó. Gordo hijo de puta, pensé. Me acerqué al primer peldaño y tomé el sendero que baja a través de la montaña.

El camino continúa varios minutos después de andar entre rocas y espinas. Reaparece a la entrada de un pueblo. Un caserío en bajada. Camino por su única calle y siento el silencio en las ventanas de adobe. Solo se oye un murmullo, a cuyo origen me dirijo. En la puerta del local comunal me quedo parado observando. La bulla viene de adentro. Asomo la cabeza. Me avergüenzo. Dudo. Hago como que me voy. Pero regreso. Vuelvo a asomarme y dudo de nuevo. Doy media vuelta para seguir mi camino y, entonces, una voz me llama. Hola, ¿quieres pasar? Una chica que viste un delantal me mira desde la puerta. Ven, pasa. Le digo que sí porque no sé qué decir. Adentro suena un huayno sin voz. El violín se lamenta y el arpa lo acompaña, lo guía. Adentro solo hay ancianos y niños, y dos chicas sirviendo la comida. Me ofrecen refresco y sopa, que termino de un porrazo. Los ancianos, en cambio, van a su ritmo. Algunos comen perdidos en el vacío delante de sus ojos. Hundidos en la secreción viscosa de sus cataratas. Pero otros me miran, me saludan. Quieren saber de mí. Esa tarde la paso conversando con uno de ellos. Un exprofesor del pueblo. Viste sombrero serrano de fieltro negro y unas arrugas profundas surcan su rostro. Algo nos une de inmediato: mi abuela. Mi abuela fue maestra de escuela rural durante casi toda su vida. Se parecía mucho a él. Se lo cuento y creamos un vínculo especial. Cuando le digo que me voy, se ofrece a acompañarme hasta la salida del pueblo, donde podré tomar un mototaxi de vuelta a Huanta. No lo quiero molestar, le digo, no es necesario. Pero insiste. Le miento, entonces: le digo que no tengo dinero y que seguiré mi camino a pie. Pero vuelve a insistir: que tome el mototaxi, que él me lo puede conseguir a sólo un sol y que a pie me demoraría demasiado, que me perdería. Le sigo la corriente. Seguimos conversando con el murmullo del huayno ya a lo lejos, hasta que un mototaxi finalmente para. Viene escuchando un reguetón estridente. El anciano le dice que por favor me lleve a Huanta por un sol. Pero yo insisto en mi mentira. Una mentira, quizás, evidente: no tengo ni siquiera eso, ni un sol. El mototaxi se impacienta. Él me mira y sonríe. Mete la mano al bolsillo de su pantalón y saca una moneda. Una sola. Y me la da. Siento un nudo en la gargata; no sé por qué. Cuando vuelvas por acá me pagas, dice, y me cierra la mano. Y yo me meto al mototaxi y me despido a lo lejos, incapaz de retribuir ese gesto, pero sabiendo que encontré un poquito de eso que sé que no voy a poder encontrar. Gracias al gordo sudoso y al bribón de los lentes oscuros. Encontré en un caserío en medio de una montaña, en algún lugar de la sierra al noreste de Huamanga, donde un caballo solitario no voltea a mirarme, a un tipo que vale la pena. Y al que ahora le debo, además de un sol, un buen recuerdo.

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